Nicolás Jozami.

Críptico
Es un escritor tan admirablemente críptico, que para
entender cada uno de sus libros, sus lectores no deben más que recurrir a otro
de su autoría, y lo mejor es ir al publicado anteriormente, donde el autor
desmenuza pacientemente su pensamiento posterior. A su vez, las apostillas
retroactivas de cada libro, suelen ser tan herméticas, que sus seguidores,
asfixiados por la incomprensión, saben que necesitan de un nuevo auxilio
autoral, por lo que nuestro escritor no se ha resignado (nunca lo hizo) a
ensanchar sus explicaciones en otro “nuevo” volumen (nuevo va entrecomillado,
ya que en concreto el lector debe ir hacia atrás, siempre hacia el libro antes
publicado), si no quiere marearse. Sus colegas y detractores -que nunca deben
faltar- argumentan que su afán de hacerse comprender, es directamente
proporcional a su no menos interesante y calculada estrategia de marketing
personal. Detractores; eso son. Si hasta Shakespeare los tuvo, y en ejércitos
de críticos miopes.
Lo anterior se lee en la contraportada de la edición de
lujo (con filigranas de oro en portada y lomo) de las Obras Completas del
escritor, ordenadas de la última a la primera. Todo un gesto.
Un sueño de siesta
Están el cowboy y el indio. No sé cómo lo sé, pero el
indio le ha enseñado a usar el arco y la flecha; largas jornadas de
preparación. Con un cielo castigado por instantáneas nubes deformes, el cowboy
va a pasar la prueba, ya es momento. Se dispone, prepara y apunta al blanco,
redondo, a muchos metros de distancia, aplastado contra un tronco. El indio
espera a un costado (iba a decir con los brazos cruzados, pero eso es algo que
sólo el cowboy puede pensar, sospechando de reojo esa postura antes de soltar
la flecha, nervioso por la prueba, aunque eso sólo sucede en la mente del cowboy,
o en los sueños, porque no existen indios que crucen los brazos); está con los
brazos colgando a los costados de su cuerpo.
Dispara. La flecha no da en el blanco. Como sucedía con
las nubes, que estaban comiéndose el cielo, la flecha se clava fuertemente en
la espalda del indio. El ruido de la carne perforada es bien conocido, no hace
falta explicarlo. Casi que lo atraviesa de lado a lado, pese a que el indio es
fornido. Se arrodilla, pero no de dolor. El cowboy no comprende cómo hizo el
tiro, porque apuntó al blanco, apuntó al blanco. El sueño termina con esta
frase: el tiempo da la virtud y la muerte.
(de Galería de auxilios. Ediciones del Callejón. 2022)
Escritor
Nació en Santa Rosa, (La Pampa). Reside en Bialet
Masse (Valle de Punilla) Córdoba
Publicó: El brillo gemelo ; La quimera), La
joroba del Edén; Galería de auxilios; Vendida
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