Sonia Altamirano

Había que salir de esa
pobreza
Mientras
llevaba las ovejas a pastar a la pampita, miraba sus pies. Las alpargatas
mojadas con el rocío del pajonal. Luego tenía que moler el maíz para el mote,
recoger la leña, volver por las ovejas para encerrarlas en el corral e ir al
arroyo a bañarse.
No,
esa no era la vida que deseaba. En una ocasión había ido a la ciudad y tuvo
posibilidad de conocer otras realidades. Entonces, se había propuesto cambiar
su destino. Faltaban pocos meses para la mayoría de edad y ella quería salir de
esa pobreza.
Cuando
cumplió veintiuno anunció que dejaba la casa paterna y se iría a la ciudad. Sus
padres no aprobaron la decisión, pero igual ella dejó las alpargatas, se calzó
su único par de zapatos, tomó su pequeña maleta y se fue a la capital, a vivir
en la pensión de una familia amiga.
Consiguió
trabajo en un Taller de costura y con su primer sueldo se compró unos mocasines
marrones con una gran hebilla al frente. Se transformó en una modista, capaz de
copiar cualquier modelo de las revistas o de las casas de alta costura.
Al
tiempo decidió casarse con aquel noviecito del campo que, al igual que ella,
había emigrado a la ciudad buscando dejar su rancho de adobe y caña.
Ella
misma confeccionó su vestido de novia y usó unos stilettos blancos de taco
altísimo que completaban la estampa. Elegancia y delicadeza. Hicieron una fiesta en la cual no faltaba
nada: abundante servicio de catering, una torta de tres pisos, baile y muchos
regalos.
Sus
padres le terminaron dando la razón. Había salido de esa pobreza. Se fueron de
luna de miel a conocer el mar, aunque volvió un poco desilusionada. La verdad,
sus sierras eran más lindas.
Luego,
vinieron años de trabajo y progreso. Muchos zapatos: con o sin taco, de corcho,
con plataforma, de tela, de goma, de suela, calados, tejidos, de cabritilla,
con taco aguja, de punta cuadrada o redonda, sandalias, botas…
De
vez en cuando volvía al campo porque extrañaba el olor de las ovejas, el verdadero
sabor de la leche, la mazamorra, el té con brasas después de la cena y hasta el
dormir en el catre tapada con la frazada que picaba a través de la sábana
raída. Se calzaba sus alpargatas viejas. Sólo para sentir el placer de
sacárselas y ponerse sus botinetas de cuero forradas con corderito. Y mirarse
sus pies, que ya no tenían frío. Pero debía volver a la ciudad, porque todo le
era poco y temía volver a esa pobreza.
Aunque
cuando regresaba y aspiraba el aire citadino, le parecía que no era suficiente
para llenar sus pulmones. Trabajan muchas horas, porque siempre estaba
invirtiendo en terrenos, en los que luego hacía una casa y vendía para hacer
nuevas inversiones.
Igual,
cada noche, cuando se acostaba en su cómoda cama tapada con el edredón de plumas,
pensaba y pensaba, sin poder definir con certeza… ¿Había salido de esa pobreza?
.Poeta,
escritora
Bialet
Massé -Córdoba-Argentina
Integrante
de “Chispazos Literarios”
Muy interesante! Felicitaciones.
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