a mi bisabuela india
Atravieso
tiempos y devoro espacios,
desde
mi hoy vital sexagenario,
hacia
algún lugar donde quedaron
tus
huesos indios y tus pasos…
Si
mi madre alguna vez dijo tu nombre,
me
avergüenza hoy no recordarlo,
un
único episodio relató allá lejos,
abuela
de mi madre y madre de mi abuelo.
Tengo
tu foto en mi recuerdo
lavando
ropa sucia bajo un árbol,
con
tus trenzas azabache que porfiaban
por
sumarse al torbellino de tus manos.
Y
tu cansancio convertido en rabia
decidió
poner punto final a la batalla,
dicen
que tomó un cuchillo y cercenó sus trenzas
y
siguió con su tarea, así como si nada…
¿Qué
puedo decirte hoy desde mi tiempo?
Tu
hijo, mi abuelo Juan, y todos sus cercanos,
hasta
su hija, mi madre Elena,
ya
descansan igual que vos bajo la tierra.
Cumplieron
como mejor pudieron sus tareas,
venciendo
a los infiernos para hacerlos cielos
cada
cual con los suyos y en sus tiempos.
Y
dejaron, igual que vos, su viva impronta
en
ésta, que soy yo, y en muchos otros que cualquiera de estos días,
seremos
también solo recuerdo…
Pero
hoy quiero que sepas algo mío,
y
algo de la sociedad en que me inserto,
también
tengo mis propios cielos, y mis propios infiernos.
Sufrimos
la opresión de militares
que
regó este suelo con sangre y con ausencias,
y
de falso patriotismo cuando a cambio
de
quedarse en el poder eternamente,
mandaron
al averno de una guerra impía
a
cientos de “casi niños” en Malvinas.
Pasada
esa siniestra pesadilla, llegó la democracia y se pensaba
que
con ella se comía, se curaba y se educaba.
Pero
vinieron otros que mudaron
la
esencia de esos bienes tan preciados.
Se
han perdido perlas que ustedes conocían,
y
al practicarlas las daban como ejemplos:
ganar
el pan con el sudor de la frente,
respetar
a los maestros, respetar a la gente.
Pero
en fin, también hay cosas buenas en mi tiempo,
una
es que todos, TODOS fuimos UNO,
como
contadas veces en la historia:
se
ganó el tercer mundial tras la pelota,
y
temblamos de temor e incertidumbre
hasta
el instante final de hacernos con la copa…
Olvidamos
por un rato los pesares,
el
hambre y la miseria del gentío,
las
diferencias entre el pueblo pobre
con
el lujo y el buen vivir de los señores.
“Mejor
malo conocido que bueno por conocer” dicen algunos,
mientras
otro erudito vaticina tener las soluciones
para
desterrar la inflación y la pobreza
y
devolver como jamás se ha visto,
al
hombre su libertad, su dignidad y los valores.
Y
esperando como ganado haciendo fila,
su
turno en este indigno matadero,
por
la receta mágica o por algún malo conocido
hay
cuarenta y tantos millones de argentinos.
Por
lo demás, ya lo sabemos,
somos
valientes capitanes en borrascas,
somos
bomberos y guardavidas en tsunamis,
somos
pilotos de tormentas,
dignos
hijos de extranjeros persiguiendo sueños
y
de nativos bravíos, defendiendo suelos.
Eso
somos bisabuela mía, que avergonzada te confieso,
no
sé, o no recuerdo tu nombre.
Pero
¡aleluya!, ahora, después de evocarte con el alma,
alumbraste
tu nombre en mi recuerdo.
Florencia
india, madre, abuela y bisabuela,
sé
que exististe, y que tus genes en mi sangre llevo…
Escritora
Santa
María de Punilla
Integrante
de “Chispazos Literarios”
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