sábado, 20 de diciembre de 2025

Alicia Acastello

 

Una aventura tenebrosa
 
Tal como habíamos planeado, esa tarde nos fuimos caminando desde Mallín hasta San
José allá en las sierras, para visitar el viejo cementerio y con alguna otra ocurrencia.
Durante el camino de pocos kilómetros, reíamos a carcajadas, hablábamos con estridencia
sin parar llevados por la misma excitación de la aventura. Como era ya costumbre, al
transitar por ese suelo pedregoso recogíamos los florecidos tomillos de principios de marzo,
inconfundibles por sus colores celestes violáceos.
Muy jóvenes y en grupo, nos sentíamos heroínas y héroes capaces de enfrentar los peligros
más arriesgados.
Estaba cayendo la tarde cuando llegamos al lugar y de inmediato empezamos la tarea de
buscar ataúdes abiertos por el paso del tiempo y el abandono, con el propósito de extraer
esqueletos para vender a estudiantes de medicina.
Teníamos que entrar a las humildes tumbas semi destruídas y
hurgar en esos huecos oscuros indefinidos, para sacar huesos. También salían arañas,
cucarachas y toda clase de bichos acompañados de olores pestilentes.
Ya nadie hablaba y no se escuchaban risas. Pero como éramos tan valientes ninguno osaba
desistir del plan.
Recuerdo haber levantado un cráneo del que chorreaba un líquido oscuro viscoso , que me
produjo un vómito espontáneo e incontrolable. Apenas disimulado ante el muchacho que
tanto me gustaba y que luego de ese episodio, por vergüenza no volví a mirar.
En medio de la semi oscuridad que ya reinaba, nos estremeció el grito de espanto de una
de las chicas de la banda que casi seguro pisó una sepultura abierta en la tierra y se le
hundió la pierna derecha hasta arriba de la rodilla en esa greda espesa. Según ella decía y
gemía, alguien allá abajo le aprisionaba con fuerza el tobillo y no la dejaba salir de ahí.
Entre todos la sacamos tironeando, vimos su tobillo marcado pese al barro y más rápido
que volando, sin mediar acuerdos, volvimos a poner los restos humanos más o menos
como los habíamos encontrado. Varios compañeros rezaban en voz alta y pedían perdón (
quién sabe a quién) por interrumpir su descanso eterno. Sin disimular, sentíamos mucho
miedo, hasta diría que pánico.
Con tanto apuro algunos finados quedaron con dos cabezas, otros con tres piernas. En fin,
lo importante era salir a toda prisa del Campo Santo, antes que la oscuridad total nos
cubriera haciendo el panorama más tenebroso y terrible.
En la caminata de regreso, a ritmo acompasado, reinaba un pesado silencio. Cada uno
muy metido en sus propios pensamientos e interrogantes sin respuestas , cómo el de esa
marca de garra sobre una de las piernas de nuestra compañera, que todos vimos y que
nunca podríamos olvidar.
 
Escritora, poeta, artista plástica.
Santa María de Punilla (Córdoba) Argentina
Integrante de “Chispazos Literarios

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