Una aventura tenebrosa
Tal
como habíamos planeado, esa tarde nos fuimos caminando desde Mallín hasta San
José
allá en las sierras, para visitar el viejo cementerio y con alguna otra ocurrencia.
Durante
el camino de pocos kilómetros, reíamos a carcajadas, hablábamos con estridencia
sin
parar llevados por la misma excitación de la aventura. Como era ya costumbre,
al
transitar
por ese suelo pedregoso recogíamos los florecidos tomillos de principios de
marzo,
inconfundibles
por sus colores celestes violáceos.
Muy
jóvenes y en grupo, nos sentíamos heroínas y héroes capaces de enfrentar los
peligros
más
arriesgados.
Estaba
cayendo la tarde cuando llegamos al lugar y de inmediato empezamos la tarea de
buscar
ataúdes abiertos por el paso del tiempo y el abandono, con el propósito de
extraer
esqueletos
para vender a estudiantes de medicina.
Teníamos
que entrar a las humildes tumbas semi destruídas y
hurgar
en esos huecos oscuros indefinidos, para sacar huesos. También salían arañas,
cucarachas
y toda clase de bichos acompañados de olores pestilentes.
Ya
nadie hablaba y no se escuchaban risas. Pero como éramos tan valientes ninguno
osaba
desistir
del plan.
Recuerdo
haber levantado un cráneo del que chorreaba un líquido oscuro viscoso , que me
produjo
un vómito espontáneo e incontrolable. Apenas disimulado ante el muchacho que
tanto
me gustaba y que luego de ese episodio, por vergüenza no volví a mirar.
En
medio de la semi oscuridad que ya reinaba, nos estremeció el grito de espanto
de una
de
las chicas de la banda que casi seguro pisó una sepultura abierta en la tierra
y se le
hundió
la pierna derecha hasta arriba de la rodilla en esa greda espesa. Según ella
decía y
gemía,
alguien allá abajo le aprisionaba con fuerza el tobillo y no la dejaba salir de
ahí.
Entre
todos la sacamos tironeando, vimos su tobillo marcado pese al barro y más
rápido
que
volando, sin mediar acuerdos, volvimos a poner los restos humanos más o menos
como
los habíamos encontrado. Varios compañeros rezaban en voz alta y pedían perdón
(
quién
sabe a quién) por interrumpir su descanso eterno. Sin disimular, sentíamos
mucho
miedo,
hasta diría que pánico.
Con
tanto apuro algunos finados quedaron con dos cabezas, otros con tres piernas.
En fin,
lo
importante era salir a toda prisa del Campo Santo, antes que la oscuridad total
nos
cubriera
haciendo el panorama más tenebroso y terrible.
En
la caminata de regreso, a ritmo acompasado, reinaba un pesado silencio. Cada
uno
muy
metido en sus propios pensamientos e interrogantes sin respuestas , cómo el de
esa
marca
de garra sobre una de las piernas de nuestra compañera, que todos vimos y que
nunca
podríamos olvidar.
Escritora,
poeta, artista plástica.
Santa
María de Punilla (Córdoba) Argentina
Integrante
de “Chispazos Literarios”
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